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Londres es una gigantesca batidora de doscientos kilómetros cuadrados, que no para de girar ni un instante. En sus calles se mezclan aristócratas con pandilleros, gentleman venidos a menos con yupies alocados. Extravagante, cara exclusiva… y hasta insoportable. Casi cualquier superlativo se ajusta a esta ciudad que conviene afrontar con alegría. Así como Londres fascina al que se atreve a descubrirla sin prejuicios, es capas de acabar con el que se deje confundir por esta urbe, que a momentos parece descontrolada. En la capital británica lo insólito, lo único, lo original, lo primigenio está a la orden del día.
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